Diciembre 19th, 2008 Posted in Ilustración | No Comments »

Por Margarita Valencia
“¡Una tapa tipográfica!”
Carlos Valencia Goelkel
Ivar Da Coll es un hombre grande y de andar un poco desmañado, como esos adolescentes que no acaban de acostumbrarse a los brazos o a las piernas que les salieron de pronto; es un hombre tímido, también, que se esfuerza mucho por pasar desapercibido; y se ríe como si fuera una persona bajita, con una risa que le sale cautelosamente de un lado de la boca; pero la cautela no sirve mayor cosa porque igual se sacude todo, y las gafas se le escurren de la nariz, y no hay manera de ignorar esta amenaza de explosión que después —mucho tiempo después, cuando se acomoda y olvida por un instante su timidez— se convierte en una verdadera explosión, con manotada sobre la mesa o sobre la rodilla. Durante unos momentos, Ivar se transforma en un ruidoso campesino italiano; pero rápidamente se recoge, pone las dos manos sobre las rodillas, y pone cara de ser el hombre menudito y gris que quisiera ser pero que no es.
Recuerdo a Ivar entrando a Carlos Valencia Editores, en 1986, de la mano de Camilo Umaña; también de la mano de Camilo llegó la ilustradora Olga Cuéllar —cuya risa es el antónimo de lo cauteloso; y de la mano de Olga, un poco después, la diseñadora Camila Cesarino (que en esa época trabajaba para El Áncora, creo). Hacíamos libros y nos divertíamos: en las aventuras de Lola, la vaca rosa, que Ivar hizo para Dini unos años después, quedó testimonio de nuestras tonterías. Nos burlábamos a gritos de nosotros y de todo lo que nos rodeaba, hablábamos atropelladamente de música y de literatura, y discutíamos con pasión y vehemencia la ética y la estética del oficio.
Por cuenta del oficio pasamos mucho tiempo juntos: el primer libro que hicimos con Ivar fue Del Moncada a la victoria. La estrategia política de Fidel, de Marta Harnecker, una tapa verde con un paisaje abstracto, vagamente amenazador, con cañones rosados y montañas vestidas de camuflado. Hacer ese libro en ese momento ya era anacrónico, pero disfruté de mi primera negociación internacional, y los cubanos —de quienes conocíamos la mítica revista de Casa de las Américas y algunas publicaciones hechas con mucha seriedad que circulaban misteriosamente— nos merecían respeto. La tapa que Ivar ilustró a continuación sigue siendo siendo una de mis favoritas: un señor grande y redondo escribe a máquina sentado en el aire, y en su cabeza descansa otro señor que hace lo mismo. El escandaloso saco de rayas y las serpentinas que lo rodean (y que salen de la máquina de escribir) contrastan con la expresión vacía del rostro del escribiente. La tipografía gótica que usó Umaña le da al libro —el ya por entonces clásico Ciencia propia y colonialismo intelectual, de Orlando Fals Borda— un aire divertido, casi burlesco. También tienen mucho humor las dos ilustraciones que hizo después, para los dos volúmenes de Psicología y clases sociales, de Álvaro Villar Gaviria (un texto denso, largo y complicado en cuya corrección casi naufraga Ana Roda): algunas de las figuras borrosas y puntiagudas, dibujadas en lápiz, que se afanan de aquí para allá dentro de un discretísimo marco de color han perdido inadvertidamente la cabeza; una sola de estas cabezas mira al lector desde la esquina inferior izquierda con gesto desolado, como si se hubiese resignado a no entender.

El humor sutil de esas ilustraciones es lo que más me gusta de los Chigüiros de la primera etapa, publicados por Norma bajo la tutela de María del Mar Ravassa y Silvia Castrillón. En esos libros, casi cuadrados, Chigüiro va por la vida tranquilo y silencioso, sin marco que lo constriña, y eso le permite desplazarse tranquilamente de una página a otra con un lápiz en la mano, o unas ramas en la cabeza, o montado en una chiva. Es grande y un poco peludo y no es particularmente expresivo, aunque sonríe discretamente la mayor parte del tiempo (y eso subraya momentos tan memorables como cuando suelta las manos del manubrio de la bicicleta y se muestra absolutamente feliz). Casi siempre lo vemos de perfil —corriendo tras una mariposa o jugando a la pelota—, pero en ocasiones nos regala una mirada cómplice de frente, como si estuviera cerciorándose de que seguimos ahí o de que nos estamos divirtiendo tanto como él.
Chigüiro tiene amigos —mico, chigüira, gallina—, pero sus encuentros con ellos son más bien casuales, y los objetos domésticos en su vida aparecen cuando los necesita y desaparecen después: se podría decir que su hogar es la hoja en blanco y lo que su imaginación quiera hacer con ella. En cambio Eusebio y sus amigos son un parche, como diría un joven amigo, y habitan un mundo perfectamente civilizado. Aunque tampoco usan ropa, sí tienen cuidado de cocinar con delantal y duermen con piyama, y hablan como ingleses acomodados: “Qué dicha que te acordaras”, dice Camila cuando Eulalia le lleva una canasta con frutas, huevos y crema por su cumpleaños. Las buenas maneras que caracterizan sus intercambios son reflejo del respeto que cada uno de ellos siente por los demás, y también de genuino afecto: cuando Eusebio, un gato atigrado que podría ser amarillo pero que en la edición de Carlos Valencia Editores es morado, no puede dormir porque tiene miedo, no duda en despertar a Ananías, y el pato se ocupa con gentileza de las angustias de su mejor amigo.
Tengo miedo es el segundo tomo de las Historias de Eusebio, y el más entrañable: las imágenes del comienzo —Eusebio sentado en la cama de Ananías con osito, piyama de lunares y pantuflas y Ananías con cara de dormido— dan lugar a la más divertida serie de ilustraciones que haya dibujado Ivar: a una primera ronda de miedos expresados por Eusebio (diablo, dragón, bruja, fantasma, vampiro) sigue otra en la que Ananías los desarma con paciencia y mucho buen humor: particularmente delicioso es el fantasma que se baña en la tina, y que Houghton Mifflin nos obligó a quitar en la edición en inglés.
Para Carlos Valencia Editores, Ivar dibujó además el reyecito desenfadado que ilustra la tapa de Antología de lecturas amenas de Darío Jaramillo y que se convirtió en emblema de la colección infantil y juvenil; el señor verde que pasea el libro-perro del cartel de la colección Nueva Narrativa, y una señora muy seria y circunspecta que almuerza un libro gustosamente en otro cartel de la misma colección (originalmente en lápiz e impreso en verde y morado: Umaña, obligado a usar dos tintas, era muy bueno creando la sensación de color y no teníamos que pagar policromías, absurdamente costosas). Para Ekaré, Ivar creó a Hamamelis, que después fue adoptado por Alfaguara; Carlos circuló en México, si no recuerdo mal, y los tres alegres compadres de ¡No, no fui yo!, Juan, José y Simón, aparecieron publicados por Panamericana en 1998, después de dar muchas vueltas. En la segunda etapa de Chigüiro aparecieron los abuelos, Abo y Ata, sabios adorables.
Olga, Camilo y Camila siguen bregando en el oficio, y aún discutimos a voz en cuello la caída de fortalezas éticas que alguna vez consideramos inexpugnables. Ivar también, y su perseverancia y su talento se han visto recompensados: fue nominado al Hans Christian Andersen en el 2000 y formó parte de la lista de honor de IBBY; ha publicado en Estados Unidos, España, México y Venezuela y su obra, además de ser ampliamente conocida, le permite vivir de su trabajo y dedicarse exclusivamente a hacer libros. De entre sus últimas creaciones quisiera destacar dos, bastante atípicas y verdaderamente espléndidas: la primera es ¡Azúcar!, una biografía de Celia Cruz publicada por Lectorum en Estados Unidos con unos colores fuertes, chillones, que en nada recuerdan la gama de los pasteles que Ivar suele favorecer, y una estética francamente kitsch. La segunda, en el otro extremo, es A un hombre de gran nariz, recientemente editado por María Osorio en Babel. El dibujo aquí es a lápiz (entiendo que por brillante culpa de María), y la precisión en ciertos detalles (véase, de nuevo, la escena de la tina) contrasta con otras páginas en las que el boceto basta (como en el caballo que tira del carruaje). En Celia y el Hombre de la gran nariz vemos a un Ivar que ha crecido con su trabajo, que no tiene miedo de intentar cosas nuevas. Me parece que es ese decoro el que aprendimos juntos: es un gusto saber que sigue vivo entre los libros y entre los amigos.
Compártelo
Tags: Ivar Da Coll